
Ara Malikian: "Dzovarev"
Cuenta la leyenda que en cierta ocasión alguien preguntó a Galileo:
- ¿Qué edad tiene su señoría?
A lo que Galileo contestó
- Ocho o diez.
La evidente barba blanca del maestro marcaba un innegable problemática ante dicha respuesta, por lo que se vio en la obligación de precisar.
- Tengo, en efecto, los años que me quedan de vida, los vividos ya no los tengo, como no se tienen las monedas que se han gastado.
Ajenos al transcurso del tiempo nos sumimos en nuestra propia desesperación, ahorcamos los segundos en nuestro mundano vagar por una realidad que cada vez toma una apariencia más virtual. Sucumbimos a nuestro propio ego y saciamos un voraz apetito en la incertidumbre del ayer y el mañana.
¿Y quién puede permitirse hoy ese tan lejano "Carpe Diem" que nuestro ya difunto Robin nos hizo llegar a generaciones y generaciones en aquel Club de los poetas muertos? ¿quién puede hoy vivir ese momento, ese presente? Vivimos sumidos en el continuo proceso de adaptación que nosotros mismos hemos generado. Enjaulados en nuestro propio sistema con el que tan solo podremos lograr una completa adaptación tras una vida de sumisión. ¿Dónde está mi vida? ¿Cuál es mi presente?
Pero no es de extrañar, somo dioses, dioses inmortales que han conquistado su propio mundo, dioses ajenos al conocimiento de su propia fragilidad, una fragilidad enraizada al más profundo temor humano, su propia muerte. En "Sobre la brevedad de la vida" Séneca nos incitaba a calcular el tiempo de nuestra vida que realmente nos pertenecía:
"llama a
cuentas a tu existencia; computa qué porción de este tiempo se te llevó el
acreedor; qué porción la amiga, qué porción el rey, qué porción el cliente, qué
porción tomaron las charlas con tu mujer, qué parte la corrección de los
esclavos, qué parte las caminatas por la ciudad en cumplimiento de los deberes
de la cortesanía; añade a esta suma las enfermedades que tú mismo provocaste;
añade el tiempo que sin provecho discurrió, y verás cómo tienes más pocos años
de los que cuentas"
Cada camino, cada decisión, cada instante será único, somos el frágil resultado de una grandeza efímera que llegado el momento, sucumbirá. Somos la imagen que nunca podremos llegar a ser, el sentimiento colectivo que se desgrana virtualmente, y que sin embargo, sigue sin ser nada. Somos, como decía Sartre, la nada, una nada que toma forma a cada paso, que se transforma y direcciona, una nada que quiere ser. Asumimos la angustia ante cada paso, viviendo en la incertidumbre de si este será el adecuado, pero es aquí y no en otro lugar donde comenzamos a vivir, a formar un yo, un yo intimo que no responde a nadie más que a mi, un yo que me designa, me construye y me realiza.
Esta es tu vida, tu presente, el regalo que te ha sido concedido, no existe otra oportunidad, no existe otro instante, eres frágil, eres débil y sin embargo, desperdicias cada soplo de aire. Miras a tu alrededor esperando una respuesta que no llegará y juzgas tu propio ser con el resto, limitas tus posibilidades e ignoras todo aquello que realmente te importa en pos de lo que al resto le podría importar. Te escandalizas como el resto, quieres ser uno más... y así, una vez más, te destruyes.
"Nadie restituirá los años, nadie te los
devolverá. Seguirá su camino la edad y no modificará su dirección ni atajará su
andadura; ningún ruido hará, ni te dará aviso de su velocidad; avanzará con
pies de fieltro. Ni mandato real ni favor del pueblo pondrán su meta más lejos;
correrá con la misma prisa con que el primer día se lanzó a la carrera; no se
equivocará, no se detendrá. ¿Qué pasará? Que tú estarás descuidado y la vida se
apresurará y luego se presentará la muerte a cuyo poder, lo quieras o no, serás
entregado".
César V.
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